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Descubre el mayor secreto entre abuelos y nietos #Relato

secreto abuelos

 

Como cualquier día de verano, estás en el pueblo. Esos maravillosos 60 días desde que junio dejaba paso al verano y septiembre amenaza en el horizonte con devolverte a la rutina. Eran las… ¿4? Quizá 5 de la tarde. Da igual, es suficientemente pronto como para que te dejen ir a timbrar a tus amigos con el balón y la vergüenza de que abrieran sus padres, tan inquisitivos en su mirada para ver qué clase de amigos tenía su pequeño.

Ya habías hecho todo lo que podías hacer, no había más entretenimiento posible. Además, la tele estaba ocupada por el abuelo, que roncaba plácidamente desde su trono personal, ese sitio que, de tantos años soportando las mismas nalgas, se habían mimetizado con ellas. Ojeas rápido a esas estanterías llenas de recuerdos, de decenas de caras (en blanco y negro la mayoría). Libros cuyo lomo estaba tan desteñido que te preguntas si ese había hecho soñar con alguna historia a alguien alguna vez, porque ya no podía hacerlo.

Entonces, durante esa ojeada, algo llama tu atención. Además, casi buscándote ella a ti más que al revés, un reflejo metálico te grita. «¿Es lo que parece? No creo… ¿No?». Te acercas, sigiloso, más por no despertar a tu ancestro que por hacer algo «malo». En efecto, es una cajita de galletas circular. Algo no te cuadra. Por asociación de ideas, una caja de galletas debería estar en el armarito de los postres. El caso es que pesa, hay algo. Realmente no tienes hambre, pero ver el dibujo de esas galletas, de un dorado ideal, y con una cara sonriente que promete felicidad inmediata te convence. Echas un último vistazo al abuelo antes de cometer la fechoría, y mides la distancia entre ronquidos. Cuando compruebas que ese sonido nasal es estable y constante, es el momento.

Ahora tienes hambre, y no hay peligro. Te decides a abrirla. Casi disfrutas ese momento de clavar las uñas en la tapa para pillarla y poder quitarla. Ese olor previo al delito es una sensación casi más placentera. Levantas la tapa lentamente para evitar que el metal se ondule y suene. No hay olor, ¿qué pasa? Igual están rancias. Da igual, tienes gula. Probarás un poco y luego ya verás. Pero pinta mal, ya levantas la tapa de golpe. Efectivamente, el metal emite un sonido muy característico, pero no muy fuerte, camuflado por la orquesta del abuelo.

Miras la caja. Por un momento te quedas en shock, no identificas lo que es. Galletas no son, eso seguro. De repente identificas un color. Y un monigote. Tienes un monigote idéntico en el pantalón. «¿Qué? Son hilos, parches y cosas de costura. ¿Qué hace esto aquí?». Lo miras durante unos segundos, y la cara se va transformando de sorpresa en decepción. Por fin analizas de nuevo tu entorno. Una nueva silueta ha aparecido, no sabes cuánto lleva ahí, pero es tarde para disimular, te ha pillado con las manos en la masa. Es la abuela.

Sin decir nada, te hace una seña para que la sigas. Que esté callada no es buena señal, piensas. Pero no sabes si es por enfado o no despertar a su marido. La sigues, con la caja aún en las manos sin darte cuenta. No ves su cara, así que tampoco sus intenciones. Os dirigís a su cuarto, habitáculo que muy pocas veces has pisado, más por desinterés que por otra cosa. Entonces, abre su armario. Aún no has visto su cara desde la seña de seguirla, ya te pones nervioso. De repente, se da la vuelta. No sabes en qué fijarte antes, si en su cara o en lo que porta en las manos.

Empezando por la abuela, tiene una sonrisa entre amable y socarrona. En su mano porta una bolsa de galletas sin abrir. «De las «gurmet»», piensas. «Están aquí porque si no tu abuelo se las acaba», argumenta. «Pero no le digas nada, este será nuestro secreto», finaliza». Entonces, como si nada, abre con cuidado el paquete y compartimos unas galletas en un silencio que dice más que nada que hubieras podido aportar en ese momento.

 

#Florbu #ElPlacerDeCuidarte

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